Benito y el Jardín de los Colores 🥕
Había una vez un conejito muy pequeño llamado Benito. Tenía el pelaje blanco como una nube y una nariz rosada que siempre se movía de arriba abajo: ¡pum, pum, pum! Benito vivía en una madriguera calientita y suave con su mamá, pero un día decidió que ya era suficientemente grande para asomar sus orejitas al mundo exterior.
El sol brillaba con mucha fuerza y calentaba su carita mientras daba su primer salto fuera de casa. El pasto era de un verde brillante y se sentía muy fresquito entre sus patitas.
—¡Mira, mamá! ¡El pasto me hace cosquillas! —exclamó Benito soltando una risita.
Su mamá salió detrás de él, moviendo sus largas orejas con elegancia.
—Es porque el pasto está muy sano, mi vida —respondió ella con una voz dulce y tranquila.
De repente, algo de color azul pasó volando muy cerca de la nariz de Benito. El conejito intentó atraparlo con sus manos pequeñas, pero el objeto azul subía y bajaba con mucha gracia.
—¿Qué es esa manchita que vuela? —preguntó Benito con los ojos muy abiertos.
—Es una mariposa, pequeño —dijo su mamá mientras la señalaba—. Ella busca las flores más bonitas del jardín.
Benito siguió a la mariposa hasta que llegó a un rincón lleno de flores amarillas. Se acercó mucho a una de ellas y aspiró con fuerza.
—¡Huele a dulce, mamá! —dijo Benito muy emocionado.
—Es el perfume de la naturaleza, tesoro —contestó ella dándole un besito en la frente.
Mientras exploraban, escucharon un sonido nuevo. ¡Bzzz, bzzz, bzzz! Una abeja de rayas negras y amarillas trabajaba cerca de un arbusto. Benito se quedó muy quietecito observando cómo la abeja se movía.
—¿Ella también juega con nosotros? —susurró el conejito con curiosidad.
—Ella está trabajando para que el jardín siempre tenga flores —explicó su mamá mientras lo abrazaba con sus patas suaves.
Benito se sintió muy feliz. Había visto el verde del pasto, el azul de la mariposa y el amarillo de las flores. También había sentido el calor del sol y el olor de la tierra mojada. Sus ojitos empezaron a sentirse pesados porque haber tenido una aventura tan grande cansa mucho a los conejitos pequeños.
—¿Mañana podemos volver a ver los colores, mamá? —preguntó Benito mientras bostezaba.
—Mañana y todos los días, mi cielo —respondió ella mientras lo guiaba de regreso a la madriguera para tomar una siesta.
Benito se durmió soñando con mariposas azules, sabiendo que el mundo era un lugar hermoso y seguro para explorar.
El mundo está lleno de maravillas esperando a ser descubiertas a través de los ojos curiosos de los más pequeños.